Cumplimos cuatro semanas de confinamiento. Cuatro semanas en las que hemos acumulado motivos para sentir IRA, MIEDO, IMPOTENCIA y TRISTEZA. Muchos habéis perdido seres queridos, muchos más habéis perdido vuestro sustento y todos hemos perdido seguridad a todos los niveles. El panorama es desalentador, es cierto. 

La convivencia está siendo una prueba muy dura en muchos casos, en otros lo está siendo la soledad y la distancia de los seres queridos. En muchos hogares todo ello ha quedado eclipsado por la falta de recursos básicos para mantener a la familia. No voy a entrar en detalle porque sería una larguísima lista de desgracias que no aportaría nada.

A pesar de ello, leemos sobre acciones de grupos de personas, incluso de individuos, grandes y pequeños, que aportan lo mejor de sí mismos, con la esperanza y buena voluntad de que sirva para ayudar a alguien. 

No obstante, con el paso de las semanas la atención popular se centra en el juicio, la crítica y derrocamiento de quienes intentan-porque no pueden o no saben más que intentar- hacer las cosas bien a su juicio. No voy a entrar en eso. 

Como en este espacio el objetivo es “lo pequeño”, sigo en esa dirección. Pequeñas acciones unidas crean algo grande, propio de superhéroes.

Y ahora, más que nunca, somos millones de superhéroes. 

CÓMO SOMOS SUPERHÉROES

Imagen de cocoparisienne-Pixabay

Quedarnos en casa es una hazaña. Resistirse a la necesidad natural de desplazarnos y socializar es una habilidad que muchos no creían tener. La mayoría lo estamos logrando. 

Integrarnos en la nueva realidad del AHORA. Aceptar esta situación es algo que a muchos les cuesta cada día más. En el momento actual, no hay posibilidad de adelantar acontecimientos de forma fiable ni al 40%. Hemos aprendido en poco tiempo, que AHORA es lo único que es real. El resto cambia día a día, a veces, hora a hora. Es nuevo para muchos tener que vivir a ese ritmo. Sin planes, sin agenda de vacaciones, sin reservas de viajes, sin objetivos tangibles, solo objetivos simples. 

Convivir, en muchos casos en espacios reducidos o muy reducidos, y ser capaces de mantener el ánimo propio y de los nuestros. A pesar de los altibajos, normales en esta situación, seguir mirando al horizonte con esperanza y transmitirla cuando alguno flaquea.

Trabajar en equipo de verdad, porque somos millones de equipos. La convivencia es un trabajo, ya no la daremos más por hecha. 

Acercarnos a otros sin más intención que la de brindar conversación y apoyo. Algunos nos hemos dado cuenta de que nos relacionamos más con nuestro entorno ahora que antes.Irónico pero real. Tengo la mandíbula desencajada de tanto hablar. 

Cuidar de que nadie en la familia se sienta solo, en casa o lejos de ella. Las videollamadas han pasado de ser una anécdota a una costumbre. 

Conectar con desconocidos desde el balcón. En vez de salir con mirada reticente, mirar al vecino desconocido con empatía, sabedores de que todos estamos en el mismo pedazo buque. La salida balconera de las 8 de la tarde se ha convertido en el café rápido de las 9 de la mañana.

Hacer maravillas con las clases de los niños, la limpieza y organización de la casa, las peleas con la consola, la alimentación equilibrada, las elección de películas, los malentendidos entre amiguitos y los juegos de mesa.

Apreciar las pequeñas cosas. Ahora se escucha a los pájaros, a todos los del barrio. El aire está menos pesado, huele mejor. Ahora las conversaciones valen la pena, por breves que sean.Y a pesar del miedo a quedarnos sin temas de los que parlotear, siempre sale alguno. Además, como en las videollamadas-en general- no puedes hablar a la vez que la otra persona, estamos mejorando en lo de respetar el turno de palabra.

Nos queda trabajo por delante

Aún nos cuesta entender que cantar todos la misma canción no es suficiente. Hay que interiorizarla. Hay que sentirla, sentir la conexión entre todos nosotros.

No permitir que los fallecidos sean reducidos a una estadística. Dedicarle un pensamiento de apoyo cada día a las familias que sufren pérdidas irremplazables, es decir, personas con nombre, apellidos y largas historias tras de ellos. Cada persona es un mundo y estamos perdiendo miles de mundos. Un pensamiento al día para ellos no es mucho y nos ayuda a respetarnos como especie.

Lograr no dejarnos llevar por emociones inherentes al confinamiento, como la tristeza y la ira. Dejar discusiones estériles por asuntos baladís. Lo principal es que estamos aquí, estamos vivos y estamos juntos. Vemos amanecer cada mañana. Eso es una suerte que muchos no tienen.

Podríamos dejar de  hacer las cosas como las hacíamos antes.¿Por qué no? Salir de nuestro Ego y practicar el perdón. Aprovechar que la naturaleza nos está demostrando que somos un granito de arena a merced del viento y las mareas. Plantearnos ser más humildes, más tolerantes, más humanos. 

Poner el foco en lo positivo que podemos hacer en cada momento. Lograr eso ya es dar un paso de gigante.

Hay muchas personas valientes y solidarias que han decidido arriesgarse por otros para que no les falte lo esencial. ¡Bravo por ellos! Los demás podemos ayudar en la distancia, alimentando el ambiente con vibraciones positivas. Hay que currarse las vibraciones, ayudan a todos. No hace falta que los demás entiendan nuestro objetivo, tan solo hace falta que nosotros creamos en él. Todos tenemos algo bueno que aportar.

Son sugerencias, por supuesto, y son sugerencias desde mi práctica. No siempre acierto, soy humana y la cago. Pero también tiro de algo muy humano y es la persistencia.

Seamos cabezotas para bien.  

 

 

 

 

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Tengo 46 años, un hijo genial y un ex-marido estupendo. Estudié Realización y Producción Audiovisual hace tanto tiempo que no guardan ni mi ficha. Antaño trabajé en mil sitios o quizás en unos 10. Me sirvieron para cubrir gastos y acumular experiencias pero me repateaban emocionalmente. Escribo desde siempre y mi presencia en la Red es rastreable desde hace más de una década. Hace unos años descubrí que mi Ego tenía más capas que una ilustración de Photoshop gracias a una hostia de la vida. Me sumí en una depresión fenomenal de la que salí gracias a mi Maestro de Reiki. Me maravilló lo que el Reiki hizo conmigo, así que metí de lleno. Cuando llegó el momento, empecé a ayudar a otras personas a ayudarse... en plan Jerry McGuire pero sin la cara de desesperación.