Mi hijo tuvo un accidente casero a finales de agosto. Fue algo para nosotros impensable y el momento en que pasamos mayor miedo de nuestras vidas; fue fortuíto, estúpido y no sé cuántas cosas más. Para colmo, nos atendió una doctora que en vez de tranquilizarnos, nos alarmó de manera exagerada a los tres.

Versión en nylon de mi estómago
Versión en nylon de mi estómago

Mi estado-Mi ego

Impactada por nuestro encuentro con la doctora trágica, me llevé a mi hijo a otro hospital en el que el trato y la profesionalidad fueron excelentes, sin dramas, sin exageraciones. Aún así,estuve dos semanas con un nudo en el estómago. Dejé de comer. Respiraba y me movía en función de la actividad de mi pequeño. Algo en mi interior me constreñía, me mantenía en constante tensión. La tristeza se instaló a sus anchas. Me invadió como un tsunami, igual de líquida, igual de sólida. Y sobre todo la culpa. La culpa era el látigo de la mañana a la noche. Sentía sus golpes en mi interior retumbando, violentos. Como un coro demasiado numeroso saturaban mi mente los debería, los tendría que haber, los eres una mala madre…

El ego a lo suyo

Mi ego intentaba irónicamente protegerme, hacerme más fuerte, recuperar el control- ilusorio- de la situación, distanciarse del hecho para sobrellevar el dolor que produce ver a tu hijo pasarlo mal. Centrar mi atención en mi misma como absoluta responsable del accidente-algo irracional por lo que accidente significa- en vez de asumir el accidente y no estancarme en aquél momento, aquellos segundos que ya eran pasado. Hizo lo que tiene muy bien aprendido y programado: si fallas, debes restaurar el error y castigarte en el proceso; algo que de pequeña me grabaron sin mala intención y que mi carácter se encargó de llevar al extremo. Juicio y condena. Error.

El miedo nos hace huir en la dirección incorrecta

En las ocasiones en las que los miedos nos dominan, recuerdas hasta qué punto el miedo es tu peor enemigo.Sea cual sea. De pronto la palabra miedo se convierte en un conjunto de miedos distintos: miedo a volver a fallar-aunque no hayas fallado-,miedo a no ser buena, miedo a que otro accidente se presente, miedo a no actuar debidamente, miedo a no prever, y aunque se multiplican hasta la saciedad, todos son lo mismo.

Trabajé mucho en salir de ese bloqueo. Mi dinámica de ho’oponopono me ayudaba, pero había algo más, algo que no podía nombrar pero que notaba que estaba ahí. Si bien era cierto que fue un buen susto, mi dificultad para asumir los hechos era una señal de que algo más estaba a punto de emerger. Había en mi un temor irracional, surrealista que no me dejaba ni respirar.

Del Miedo al Más Miedo

Y mientras, la herida de mi hijo evolucionaba muy bien, tanto física como emocionalmente. Me propuse escarbar en mi interior en busca de respuestas cuando ese temor irracional tomó el control por completo. A raíz de unas pruebas que me pidió mi médico, decir que me hundí sería como decir que los políticos cometen algún error muy de vez en cuando.

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Tengo 46 años, un hijo genial y un ex-marido estupendo. Estudié Realización y Producción Audiovisual hace tanto tiempo que no guardan ni mi ficha. Antaño trabajé en mil sitios o quizás en unos 10. Me sirvieron para cubrir gastos y acumular experiencias pero me repateaban emocionalmente. Escribo desde siempre y mi presencia en la Red es rastreable desde hace más de una década. Hace unos años descubrí que mi Ego tenía más capas que una ilustración de Photoshop gracias a una hostia de la vida. Me sumí en una depresión fenomenal de la que salí gracias a mi Maestro de Reiki. Me maravilló lo que el Reiki hizo conmigo, así que metí de lleno. Cuando llegó el momento, empecé a ayudar a otras personas a ayudarse... en plan Jerry McGuire pero sin la cara de desesperación.