Alguien me dijo una vez que su mochila cargaba muchas piedras…

 

Una piedrecita hermosa y chiquitita

No habían pasado aún tres años del nacimiento de mi hijo y mi vida había hecho piruetas hasta decir basta. La maternidad fue muy dura para mi al principio,como ya he mencionado.

Cuando me decían durante el embarazo que me iba a cambiar la vida, sin duda no se referían a todo lo que viví en paralelo. Desde el principio sentí que aquél ser pequeñito y super-demandante respiraba el poco oxígeno que entonces quedaba a mi alrededor y a menudo me asfixiaba. Lo amaba con toda mi alma pero no lograba ajustarme a su realidad. Sus necesidades se resumían a tenerme accesible a cualquier hora todos los días y más de una vez me sentí mala madre por necesitar cierta distancia.  La mirada reprobatoria de un niño es un torpedo emocional que arrasa con todo; aunque no había muchas, cuando se daba una mi capacidad de disfrutar de algo quedaba reducida a 0. Como madre primeriza, me cuestionaba cada paso que daba y juzgaba muy duramente mis errores-o lo que consideraba errores entonces- y por ende los de los demás.

Toda mi vida giraba entorno a él las 24h. Claro que tengo infinidad de preciosos momentos atesorados; recuerdos que a medida que ha ido creciendo tengo la suerte de revivir porque sus reacciones son las mismas a día de hoy; momentos que compartimos solos durante esos primeros años en los que establecimos una complicidad impresionante.

Una piedra con mucha historia

Pero paralelamente,a pesar de que su padre y yo luchamos mucho por establecer un nuevo orden en el que nuestra decisión le afectara lo mínimo, fue complicado levantar una familia con los parámetros que decidimos. Yo me sentía casi “perseguida” por la parte de la familia que no quiso aceptar esa decisión. Los problemas de entendimiento y compatibilidad con ellos venían de lejos y mi nueva relación fue juzgada como la mayor de las traiciones y yo como la peor de las personas. Visto desde la distancia que ofrece el paso del tiempo, resulta surrealista: la reacción de su familia fue la de un marido iracundo y la del padre de mi hijo fue bastante serena y diplomática.  A pesar de las dificultades, el padre de mi hijo levantaba cabeza y mi hijo crecía sano y feliz. Pero yo notaba mi desgaste y la sensación de asfixia crecía.

malabares con piedras

Demasiadas piedras para dos manos

Por todo ello, mi autoestima pasó a depender de los frutos de mi relación-condenada-al-fracaso. Una carga excesiva para alguien ajeno a mi realidad pero imperceptible para mi, que andaba añadiendo piedras a mis malabares convencida de poder con todo y con más. Cuando el estrés gobierna tu vida, cada piedra que añades a tus juegos de equilibrio resulta invisible. No me di cuenta de que el campo abonado no era ni de lejos el que se necesita para que una relación tenga alguna posibilidad. Me así a la única persona que me dio cariño y atención, una persona que cargaba con su propia mochila. De hecho,así empezó aquella historia. Como reina de las malabares, añadí sus piedras a las mías y me convencí de que podía vaporizarlas. Por supuesto, fracasé. Ambos lo hicimos, como lo habíamos hecho con nuestras anteriores relaciones.

En resumen…

Cuando no te quieres a ti mismo, difícilmente puedes querer bien a otro. Cuando necesitas que otro te diga tus bondades, cuando no eres feliz si no te hacen feliz, eres dependiente emocional. Alguien con una sana autoestima te ayudará sin esperar nada y no te recriminará si tu ayuda resulta no ser la mejor, porque sabe que quien mejor puede ayudarse es uno mismo. Y porque sabe eso, tus errores no supondrán un motivo de drama o guerra.

Cuando tu percepción de la realidad no coincida con la suya verá en ello una oportunidad de crecimiento, lo  contemplará como alternativa o simplemente lo respetará; no te dará la espalda, no te condenará ni te señalará. Reducimos el amor a las relaciones de pareja cuando abarca todo y a todos; el amor es el motor de todo lo que hacemos, es la motivación original. Si no somos capaces de amarnos nosotros ,¿qué esperamos lograr?

La maternidad a menudo nos hace olvidar que antes que madres, ya éramos personas y mujeres. Conciliar esos tres aspectos es difícil de por sí,pues al convertirnos en madres, las carencias que ya arrastrábamos como personas y/o como mujeres se revelan y quedan expuestas ante los nuevos desafíos que nuestros hijos nos presentan. Trabajar en nuestra autoestima es indispensable para afrontar y superar de la mejor manera esos desafíos.

 

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Tengo 46 años, un hijo genial y un ex-marido estupendo. Estudié Realización y Producción Audiovisual hace tanto tiempo que no guardan ni mi ficha. Antaño trabajé en mil sitios o quizás en unos 10. Me sirvieron para cubrir gastos y acumular experiencias pero me repateaban emocionalmente. Escribo desde siempre y mi presencia en la Red es rastreable desde hace más de una década. Hace unos años descubrí que mi Ego tenía más capas que una ilustración de Photoshop gracias a una hostia de la vida. Me sumí en una depresión fenomenal de la que salí gracias a mi Maestro de Reiki. Me maravilló lo que el Reiki hizo conmigo, así que metí de lleno. Cuando llegó el momento, empecé a ayudar a otras personas a ayudarse... en plan Jerry McGuire pero sin la cara de desesperación.