Cuando se habla de la voluntad se supone algo positivo. En nuestro entorno social, la voluntad es digna de admiración porque implica un esfuerzo casi titánico, acompañado de una serie de sacrificios más o menos dolorosos, por la consecución de un objetivo.En realidad nos enfrentamos a una presión añadida al deseo o necesidad de hacer algo.  Aderezado con nuestro entorno, siempre proveedor de uno o más individuos que parecen estar programados para desestabilizarnos;nos recuerdan lo torpes que somos, o los proyectos que iniciamos y nunca concluímos, o nos dicen que hace falta demasiado esfuerzo. Todo muy feliz. Si le metemos voluntad a algo, es como decir que le ponemos mucho esfuerzo, tiempo y constancia.Cuando reivindicamos la voluntad, estamos reivindicando la cultura del sacrificio. Así es como en realidad entendemos la voluntad y por ello se convierte en algo pesado, un lastre,para muchos un muro en el camino. Pero, ¿ y si nunca se trata de voluntad? Lo cierto es que la voluntad no es el factor determinante. Es el deseo. Cuando en realidad deseamos algo con todas nuestras fuerzas, hacemos lo indecible para conseguirlo.No hablo de una gran casa o un coche cojonudo.Hablo de un deseo real,no de codicia. La codicia solo reparte píldoras de felicidad temporal. Haber intentado mil y una cosas en la vida y no lograrlas, haber logrado lo que otros esperaban de nosotros y sentirnos vacíos, tener cubiertas las necesidades y caprichos básicos y no disfrutarlos, acumular trastos y decepciones, solo demuestra una cosa: no hemos ido a por lo que realmente deseábamos. Y ese largo camino de incompetencia nos envía un mensaje en cada decepción, en cada abandono, en cada huida: ¿qué quieres realmente?   Todos, absolutamente todos nosotros tenemos cualidades que podemos explotar.Otra cosa es que deseemos hacerlo.Si no es así, cabe preguntarnos ¿ por qué? Y quienes respondan que no tienen cualidades sobresalientes, sugiero que hagan una lista de logros por pequeños que sean. En esa lista, si no destacan por si mismos, hallaremos un denominador común, un hilo conductor que nos ha acompañado siempre en cada cosa que hemos logrado. Ese es nuestro punto fuerte. Sí, parece una tontería, una argucia psicológica pero el caso es que la velocidad de la mente es tal que pensarlo sin más no sirve.Hay que escribirlo, porque al hacerlo visualizamos esos puntos y los vemos juntos, no aislados en el tiempo. Dar por sentado que tener un trabajo estable, ser padres, pagar las facturas y poder irse de vacaciones una vez al año es lo que se espera de nosotros, es devaluarse como individuos. Y devaluarnos-y permitir que otros lo hagan-es mortal para la autoestima. ¿Qué esperamos nosotros de nosotros? ¿Es posible dar algo más?¿Queremos? La única dirección útil en la que avanzar es la que nos saque de nuestra zona de confort.  

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Tengo 46 años, un hijo genial y un ex-marido estupendo. Estudié Realización y Producción Audiovisual hace tanto tiempo que no guardan ni mi ficha. Antaño trabajé en mil sitios o quizás en unos 10. Me sirvieron para cubrir gastos y acumular experiencias pero me repateaban emocionalmente. Escribo desde siempre y mi presencia en la Red es rastreable desde hace más de una década. Hace unos años descubrí que mi Ego tenía más capas que una ilustración de Photoshop gracias a una hostia de la vida. Me sumí en una depresión fenomenal de la que salí gracias a mi Maestro de Reiki. Me maravilló lo que el Reiki hizo conmigo, así que metí de lleno. Cuando llegó el momento, empecé a ayudar a otras personas a ayudarse... en plan Jerry McGuire pero sin la cara de desesperación.